10 de abril de 2011

Laguna de plastilina derretida

Desperté porque el sol estaba empezando a lastimar mis ojos, los abrí y miré alrededor.
Antes que nada me percaté de que había dejado las cortinas abiertas por la noche, y eso era algo que jamás pasaba. Me seguí concentrando en la ventana, los árboles que se alcanzaban a ver, y en el sol brillante. ¿Qué hora era? No se me podía hacer tarde, tenía que salir temprano de casa... Un momento, ¿para qué tenía que salir de casa? ¿a qué hora tenía qué salir? ¿qué día era?


Me concentré lo mejor que pude y no pude responder ninguna de esas preguntas, para tratar de recordar, traté de pensar ¿qué había hecho ayer?
Tampoco podía recordarlo, tenía lagunas mentales extrañas e imágenes que no tenían sentido.
Recordaba algún libro de la escuela, una tarea que no había hecho, mi lámpara en forma de casco prendida a las tres de la mañana, recuerdo haber estado escuchando música a todo volumen con mis audífonos y mirando al techo, contando cuántas imperfecciones podía tener (el techo). Recordé también haber estado corriendo en un bosque o algo parecido, tal vez escapando, tal vez corriendo feliz; yo corría descalza y con una rapidez que no sé de dónde salió.


Me perturbaba recordar tan pocas cosas del día anterior y me dispuse a continuar con el actual. Giré mi mano izquierda con la intención de ver mi reloj.
Las 9:18 AM, era temprano, o tal vez tarde, dependiendo de qué día fuera.
Bajé mi mano y me di cuenta de que en realidad no la podía mover; mis dedos estaban torpes y respondían con dificultad, me sentía como cuando te acuestas sobre uno de tus brazos y a los pocos minutos ya no lo sientes, cuando lo intentas mover, sorpresa, no puedes; te agitas un poco y comienza un hormigueo en tu brazo dejándote saber que pronto recuperarás las sensaciones y la movilidad. 
Conmigo no pasó así, mis manos sólo eran torpes y no parecían tener intenciones de moverse de nuevo.


Suspiré y bajé a la cocina, tenía hambre. Me percaté de que había algo que no supe identificar en la estufa, ésta seguía prendida; me preguntaba por qué estaba así, supuse que los demás la habían prendido.
En cuanto pensé eso, algo no tuvo sentido, ¿Los demás? ¿Los demás quiénes? ¿Hay alguien más en mi casa? ¿Debería de haber alguien más?
Mi respiración de repente aceleró su ritmo, y yo me frustré; no podía recordar si vivía sola o con alguien más, no podía recordar entonces, con quién vivía.


Subí las escaleras como si escapar de la cocina me fuera a ayudar a recordar algo o mínimo a sentirme mejor. Mientras subía, vi desde abajo la puerta del baño; de repente se formó un semáforo en ella, cambiaba de colores con rapidez, se movía de lado a lado, a veces parecía como si la puerta vibrara, y las escaleras parecían nunca terminar. Cuando terminé de subir, volteé hacia mi izquierda y vi un colchón tirado a la mitad de la habitación. Había una bola de cobijas; mientras me acercaba vi a 2 personas, me acerqué más para identificar sus caras, pero me encontré con algo diferente, en lo que deberían de ser sus caras había una mancha que más bien parecía la huella digital de mi dedo pulgar; no tenían ojos, ni nariz, ni boca, ni orejas, sin embargo parecían poder verme, esas dos figuras se miraron entre ellas y caminaban hacia mí.


Me petrifiqué por un cortísimo segundo, pero enseguida corrí, salí de mi casa sin fijarme hacia dónde iba, y seguí corriendo, corrí y corrí, hasta que me di cuenta de que era de noche; miré mi reloj de nuevo. 3:00 AM, ¿qué diablos pasaba? ¿el tiempo iba más rápido? ¿iba hacia atrás? Pero algo más captó mi atención, mis manos de nuevo, ya ni siquiera tenían forma, parecían plastilina derretida, se escurrían en el aire.


Hiperventilé y seguí corriendo a ningún lugar, me cansé de correr y me quedé dormida con un terrible dolor de cabeza.
A la mañana siguiente desperté porque el sol empezaba a lastimar mis ojos, los abrí y miré a mi alrededor.
Miré los árboles y el pasto y me pregunté, ¿qué hora era? No se me podía hacer tarde, tenía que irme temprano... Un momento, ¿por qué tenía que irme temprano? ¿a dónde tenía que ir? ¿qué día era?





9 de abril de 2011

Cuando el título no tiene nada que ver.

Si recuerdan, hace un par de meses les conté sobre Saira, la catorceañera pendeja sin identidad que decidía robar todo lo que yo decía, posteaba, publicaba, fotografiaba, etcétera...
(Si usted, stalker lector, no se acuerda o no me puso atención, aquí está el link)

Después de un rato me dejó de importar que nos robara cosas al gatonejo y a mí, porque sinceramente, esperaba que ya no lo hiciera, y como no puedo ver su perfil en facebook, no sabía nada. (Sí, soy facebook whore).

 Pero justo ayer, por curiosidad, volví a entrar al perfil de esta...niña, y vi que tenía el mismo nombre que yo me había puesto hacía un par de semanas, que me duró como 2 días y fue por un chiste local; pero ahí estaba ella, con su perfil patético y mi nombre y un chiste que no conoce.

Después, por razones del destino y mi sensual habilidad para stalkear gente, me enteré de que aún tenía hi5 y tenía las fotos de mi novio, mis fotos de flickr, nuestras bios fusiladas y mezcladas, y su nombre era igual que mi nombre de twitter, sólo cambiando mi nombre real por Saira.
Me decepcioné de una manera enorme; no porque Saira robara cosas y escribiera como analfabeta pendeja, digo, eso era de esperarse de una catorceañera sin personalidad y con problemas mentales; lo que me decepcionó fue que siguiera usando hi5. ¿Quién chingados lo sigue usando? En serio...creo que sólo ella.

El punto es que, después de enojarme mucho por su eterna estupidez y tener una gran fantasía donde la mataba a patadas hasta que sus ojos salieran por su nariz, sus riñones terminaran en su boca y sus pulmones en su ano, se me ocurrió una idea: 
Si Saira, la pendeja iba a robarme mi identidad, y mi creatividad, entonces yo robaría la suya también. Verán, lectores robados, quiero ver qué se siente ser tan stalker y pretender que tus ideas son las de alguien más, quiero ver qué tan divertido es como para que Saira siga robándonos cosas a mi novio y a mí, quiero ver cuál es la diversión, así que desde ahora, cada foto de perfil que ella tenga, la tendré yo, cada nombre que se cambie, también yo lo cambiaré, y sus status-es, en realidad no los puedo ver pero tampoco tiene mucho sentido porque sus status-es son mis tweets, entonces, al robarle su identidad en realidad estoy robando mi propia identidad, o algún círculo vicioso parecido...


El punto es que así será hasta que me aburra de ser ella o se me ocurra algo mejor. Por lo mientras, chinga a tu madre, Saira, consíguete una personalidad, o no. Me halagas de cierta forma, porque, como ya te dije, soy tan cool, sensual y adorable que quieres ser yo.
No te culpo.

5 de abril de 2011

Zzz...

Mis amigos usualmente me conocen por el hecho de que paso muchísimas de mis clases aprovechando mi valiosísimo tiempo y de diversas formas. Dormida.

Dormida en el piso, dormida en la banca, dormida en dos bancas, dormida en el patio, etcétera.
Al principio me decían que cómo me atrevía a dormir tanto y tan cínicamente, puesto que al inicio del ciclo escolar mi lugar era justo frente al escritorio del profesor, y jamás me importó demasiado que me vieran durmiendo.
Tampoco me reclamaron mucho.

En fin, el punto es que si por algo se me conoce, es por dormir en clase. No existe una clase en la que no me haya quedado dormida.
Bueno, tal vez sí, la clase de Taekwondo, pero no creo que sería muy conveniente quedarme dormida mientras me están dando en la madre.

Siempre durmiendo, y jamás me importó, pero creo que hoy sí me pasé.
Hoy llegué a la escuela y desde antes que comenzaran las clases me quedé dormida; recuerdo que estaba soñando, o algo parecido, pero mis amigos decidieron que sería útil despertarme a la mitad de la clase de literatura.
Me mantuve despierta un rato, anoté lo que teníamos que ver, y me volví a dormir. Es normal cuando es en la mañana, suelo quedarme dormida con facilidad, así que a nadie le extraña a esas horas.

A lo largo del día mi flojera crecía y mis ojos ya no se podían mantener abiertos. Y por "a lo largo del día" me refiero a "veinte minutos después".
No sé si en serio sufro de flojera extrema, porque a mis compañeros no les pasa nada así, o son mis clases las que son tan aburridas. Deben ser mis clases, pero a ellos sí los vacunaron contra el aburrimiento, sí, eso.

La gente entraba y salía de mí salón y yo seguía dormida, pero con mucho frío, así que logré con mi adorable mirada de niña pobre que El Lobo con acento en la Ú me prestara su chamarra.
Al parecer tener tanto frío hace que me dé todavía más sueño. A las 9:30 am yo ya estaba profundamente dormida, pero calientita (no malpiensen) gracias al Lobo.

Recuerdo haber escuchado a mis amigos hablar sobre lo sorprendidos que estaban de que yo pudiera dormir tanto; no lo creían posible. Al parecer yo los saqué de su incredulidad.
Las clases pasaban y yo despertaba, anotaba y volvía a dormir. En algún momento random decidieron que sería buena idea pegarme con mi banca. Sí, pegarme con cinta adhesiva.

Los escuché reírse y sentí cómo ponían la cinta en mi espalda, tuve que tomar mucho valor y ganas para levantarme y ver qué carajos me estaban haciendo.
Levanté mi cabeza con los ojos entrecerrados y vi al Lobo en pleno acto de pegarme con cinta. Traté de mirarlo con cara de "Déjame, estoy dormida" pero creo que más bien hice cara de pasita recién levantada que gruñe y con la textura de un suéter marcada en mi frente.

Tenía todavía mucho sueño y mucha flojera como para pegarle, gritarle, o parecer adorable, así que como era de esperarse, me volví a dormir.
Y cuando desperté, sí, había cinta adhesiva en un lado de la banca, pasaba por mi espalda, y volvía al otro lado de la banca. Cuando me la quité, decía "CLAUSURADO".

Después de eso sólo quedaba una hora de clases en la cual sí me mantuve despierta (a medias), no sé si por miedo a despertar en el bote de basura como alguna broma, o porque ya no era posible dormir más. Y digo que estuve despierta a medias, porque no tengo idea de lo que hice en clase, al parecer sólo tuve la mirada perdida en el infinito.

Y así fue mi interesantísimo día, lectores dormidos; se los digo en caso de que la duda los perturbara e incomodara tanto que no pudieran dormir, porque, como habrán notado y es obvio, el sueño es sagrado para mí.
Yo le llamo: "Mystique sobre su cómoda carpeta"

3 de abril de 2011

Choose.

" Choose Life. Choose a job. Choose a career. Choose a family. Choose a fucking big television, choose washing machines, cars, compact disc players and electrical tin openers. Choose good health, low cholesterol, and dental insurance. Choose fixed interest mortgage repayments. Choose a starter home. Choose your friends. Choose leisurewear and matching luggage. Choose a three-piece suit on hire purchase in a range of fucking fabrics. Choose DIY and wondering who the fuck you are on Sunday morning. Choose sitting on that couch watching mind-numbing, spirit-crushing game shows, stuffing fucking junk food into your mouth. Choose rotting away at the end of it all, pissing your last in a miserable home, nothing more than an embarrassment to the selfish, fucked up brats you spawned to replace yourselves. Choose your future. 
Choose life... But why would I want to do a thing like that? I chose not to choose life. I chose something else. And the reasons? There are no reasons.

Who needs reasons when you've got heroin? "

-Mark Renton

21 de marzo de 2011

Sobre cómo el cartón me deprime y tengo un caballo.

Hace rato estaba terminando un trabajo de Educación para la Salud, cuando por razones estúpidas entré a Facebook. Stalkeando gente y viendo comentarios, recordé que tenía que buscar una caja de cartón, recortarla en 3 partes de 30x30 y unir las partes para formar un solo pedazo y tener que practicar con eso mi pseudorompimiento de tablas.

Como sabía que se me iba a olvidar después, fui en ese momento al cuarto de basura y cosas inútiles a buscar cartón. Me encontré con mis organizados y coloridos cuadernos de secundaria, llenos de apuntes ilustrados, palomitas y caritas felices, además de uno que otro chiste local plasmado en hojas cuadriculadas con el logo de mi secundaria en color azul.


Recordé lo rosa que era y lo obsesionada que estaba con un chico que nunca me hizo caso. Recordé lo poco que estudiaba y lo buenas calificaciones que tenía. Recordé que en ese entonces quería estudiar veterinaria o medicina. Recordé que me podía levantar a las 6:30 de la mañana y llegar temprano a la escuela. Recordé que mi escuela no estaba a una hora de mi casa. Recordé que pesaba 48 kilos sin esfuerzo. Recordé que nunca me daba sueño a media clase. Recordé que nada me importaba. Recordé que realmente no tenía nada de qué preocuparme.


Entonces me di cuenta de que realmente no sé qué diablos va a ser de mí ni qué voy a hacer de mi vida.
Antes estaba segura de que quería medicina, y ahora no sé si quiero Ingeniería cibernética, psicología, algún tipo de diseño, asesina de zombies...
Y pensé más y me di cuenta de que en serio, en serio, en serio no me apasiona absolutamente nada. Y veo cómo todos mis amigos tienen al menos una pequeña idea de lo que quieren, o al menos un un área específica, y yo...yo no sé dónde diablos estoy y me estreso.


Y me perturba la idea de ver cómo todos avanzan, saben quiénes son y saben lo que quieren y yo sigo aquí. Y me perturba la idea de que mi mejor amigo eventualmente me va a dejar de hablar. Y me perturba la idea de que todos mis amigos de preparatoria eventualmente me van a dejar de hablar, así como pasó con los de secundaria, y no pasará de un "Hola, ¿Cómo estás? A ver cuándo nos vemos." y de cómo nuestras risas estúpidas que tenemos diario, después ya no van a estar porque todos vamos a estar en un lugar diferente, teniendo risas diarias con alguien más. Y me perturba la idea de que todos cambian y de cómo yo cambio pero no sé cómo cambio, de que no sé quién soy y de nuevo, tampoco sé a dónde voy. Y también me perturba que me siento más inútil cada vez, y mi memoria funciona cada vez peor. Y me perturba que siempre sé sentirme estúpida cuando estoy con Él, y cuando no también. Y me perturba ser tan blanda y transparente, y vulnerable, y sentimental. Y me perturba perturbarme por tantas cosas, y también, a mi edad seguir teniendo tanto miedo del futuro, y a estas alturas, seguir sin saber quién soy, y a mi edad, ya sentir que el tiempo se va demasiado rápido, y a mi edad ser tan insegura, y a mi edad tener tantas ganas de llorar tan seguido. Me perturba que se me vaya la inspiración.


Me perturba ser patética y lo difícil que me es expresarme y llegar a un punto concreto cada vez que hablo, pienso y escribo. 
Ser parte de la borregada, y caminar lento junto a ellos. Ser pretenciosa y nublarme más. Ser más idiota y olvidar quién soy sin ni siquiera tener la más mínima idea de ello.


Cuando terminé de debrayar, me dí cuenta de que seguía sentada en el piso viendo el cuaderno, sólo que ahora me dolía la espalda, y veía borroso porque la capa de agua en mis ojos me estaba estorbando.
Entonces recordé que en realidad iba por un pedazo de cartón para Taekwondo, y llegué a la conclusión de que sí quiero que se acabe el mundo en el 2012 para no tener que decidir más cosas, y no sentir que el tiempo me corretea.


Lo último no tuvo sentido.
But i own a horse.

19 de marzo de 2011

Y si es un mal post, no me importa. Me pagaron por escribirlo.


Ahí estaba Elena, escondida entre los arbustos, afuera de la casa de aquella mujer que tanto odiaba.

Pasó 3 semanas espiándola, observándola a cada paso, a cada suspiro, todo lo que hacía, todo lo que decía; era una mujer tan predecible que se tornaba asquerosamente aburrida, pero eso no quitaba el odio que Elena tenía por ella, eso no quitaba lo patética que era ante sus ojos, eso no quitaba los pensamientos enfermos que le provocaba.

“Mariana”- pronunció entre dientes llenándose de odio y rabia, rencor y apatía. Amargura inminente. Nunca había despreciado tanto a alguien como a ella, nunca se había sentido tan decidida en algo así.
Eran las 8 de la mañana, y como todos los jueves, Mariana saldría al centro comercial a hacer las compras de la casa. Siempre salía temprano para llegar cuando hubiera menos gente y más productos en buen estado. Era una mujer demasiado perfeccionista.

Mariana se dirigió en su camioneta impecable hacia el centro comercial, entro al estacionamiento techado, buscando un lugar cercano a la puerta principal para no tener que cargar sus bolsas por mucho tiempo.
Justo al bajar de su camioneta con la ligereza de una pluma, se quedó petrificada al ver a esa mujer que creyó no vería nunca jamás; se sintió débil, y de inmediato el color de sus mejillas se desvaneció, dejándola con una cara pálida y los párpados entrecerrados. Como cada vez que sentía pánico, no se pudo mover. Ésa fue justamente la reacción que Elena estaba esperando; confirmó lo estúpidamente predecible que era aquella mujer, encajando en un estereotipo, como hecha en un molde.

Para Elena fue tan fácil poner cloroformo en la nariz de aquella débil y delgadísima mujer, y literalmente botarla en su camioneta. Tan fácil que ni siquiera necesitó precaución, Mariana no gritó ni mostro quejas, nadie estaba alrededor de ellas, nadie podría saberlo. De inmediato se la llevó a una construcción abandonada en la que su esposo trabajaba, la encerró en donde sabía que nadie entraría y comenzó con su plan que tanto tiempo le había llevado.

La ató por las manos y pies, le tapó la boca con cinta; no se preocupó por cubrir sus ojos, Elena quería que viera todo lo que pasaba a su alrededor, todo lo que le haría, las maneras en las que la torturaría. Al parecer la venganza sí era dulce después de todo.
Comenzó por dejarla sin comer absolutamente nada por varios días, Mariana se debilitó de una manera absurdamente rápida, le costaba hablar, le costaba intentar luchar. Elena siempre disfrutó sus cigarrillos a solas, pero esta vez parecía que valía la pena compartir uno de ellos con su eterna enemiga; Elena fumaba, y fumaba, y fumaba, y por cada bocanada de humo que salía de sus rojos y carnosos labios, quemaba una parte diferente de su piel. Sus brazos, mejillas, párpados, orejas, nuca, tobillos, costillas, pies, senos, estómago, piernas…su cuerpo comenzaba a verse cubierto por quemaduras de cigarros, y justo después, Elena decidió que sería una encantadora idea pasar un cuchillo por encima de todas las heridas.

Al mirar cómo sufría Mariana, Elena se extasiaba de una manera enferma, se reía como si fuera la última vez que lo haría. El sufrimiento ajeno le provocaba un placer orgásmico. Elena la torturaría a más no poder.
En los siguientes días, Elena fue arrancando todas y cada una de las uñas de Mariana, tanto de manos como de pies, y para hacerlo más lindo y emocionante, vertía un poco de limón en cada herida que hacía. Horas después decidió que le sacaría los ojos a Mariana; tomó un desarmador y lentamente comenzó a deshacer sus ojos, a sacarlos, a destruirlos. Mariana gritaba con las pocas fuerzas que le quedaban, luchaba por sobrevivir; con sus manos ensangrientadas trataba de alejarse de Elena, trataba de huir, pero una parte de ella, sabía que era su fin, que no podría hacer nada, que sólo le quedaba esperar y sufrir.

Al día siguiente, Elena colgó a Mariana por los pies, haciendo que toda su sangre circulara hacia su cabeza, saliendo con coágulos y concentraciones por sus ojos, nariz, sus heridas, haciendo que su cara se viera aún más rojiza. En ocasiones, se ahogaba un poco con su propia sangre, provocando enormes ataques de tos; Elena sólo la golpeaba con un martillo para que se callara. No quería que absolutamente nadie la descubriera.

Una semana después de ser capturada, Mariana se encontraba aún más débil, ahora sólo podía escuchar, apenas hablar, pero podía sentirlo todo. Elena decidió que se había aburrido y que ya era hora de dejar morir a su enemiga. En ese mismo cuarto abandonado, lleno de tierra, cavó un agujero y enterró a Mariana, quien se hundiría en su desesperación. En seguida, tomó una cubeta con cemento, y empezó a cubrir el piso de aquella habitación con él. Lo cubrió de una manera tan perfecta y uniforme, que nadie jamás se atrevería a decir que una mujer sería quien hizo tal trabajo. 

Todo rastro de sangre quedó cubierto, el cuerpo de Mariana, aún vivo, yacía bajo varios kilos de cemento y tierra; qué desesperada habría de estar esa mujer, sin embargo, esa fue la mayor felicidad que Elena pudo sentir en mucho tiempo: saber que Mariana sufriría de una desesperación tan intensa hasta morir, era lo mejor que podría pasarle en mucho tiempo.
Elena salió de aquella construcción como cualquier otro día, pero ahora más relajada que nunca, llego a casa, se sirvió una copa de vino y se dispuso a tomar una siesta.

2 de marzo de 2011

Veintidós minutos.

Atardecía lentamente y la lluvia no dejaba de caer; ella escuchaba cómo los autos salpicaban el pavimento y un par de paredes, sus ojos miraban al infinito, pensando en todo y en nada, planeando y perdiéndose.
Desde su sofá rojo que aún tenía la misma cubierta de plástico transparente de cuando lo compró, miró hacia la pared blanca e impecable, luego miró hacia el reloj, observó detenidamente el movimiento de las manecillas, y a pesar de la lluvia, podía escuchar cómo se movían a cada segundo.


Escuchó el timbre.
Estaba tan metida en su propio cerebro, que el sonido agudo del timbre la hizo saltar; se asomó por la ventana, era Él. Lo había estado esperando.
Con flojera se dirigió hacia la puerta y la abrió. Ante sus ojos aparecía un hombre alto, de piel blanca y cabello oscuro, vestía de negro y tenía la mirada más penetrante que ella pudiera haber visto; era alguien que podría resultar atractivo e irresistible para cualquier mujer y un par de hombres, a pesar de estar empapado por la lluvia, sin embargo, lo primero que ella sintió al verlo, fue odio y rencor.
Tantas noches agonizando y tantas lágrimas que habían escapado tanto tiempo atrás. Nunca nadie la había hecho sentir tan mal como él lo había logrado; nunca nadie había dañado tanto su mente; nunca nadie la había dejado morir por dentro de esa manera; nunca nadie le había provocado tanto odio.


A pesar de las miles de imágenes y pensamientos que llegaron a su mente en tan sólo un segundo después de mirar a ese hombre, ella lo recibió con amabilidad y ternura. Siempre había sido muy buena pretendiendo.
Se sentaron uno frente al otro en aquellos sillones rojos, con la mesita negra de madera haciendo una barrera entre ellos.


Dándose cuenta de lo inhóspita que había sido, le ofreció un poco de té, y él aceptó. Ella volvió con dos tazas blancas de porcelana; no se veían impecables, parecían estar manchadas por el tiempo. Dentro de ellas había un poco de té con un poco de humo que formaba figuras excéntricas y bailarinas.
Pasaron un par de horas, y la lluvia seguía cayendo sobre ellos, el reloj seguía andando y él seguía hablando, su voz la irritaba cada vez más, pero al poco tiempo él hablaba cada vez más lento y cada vez con más dificultad. Estaba funcionando.


Él fue perdiendo control poco a poco, su mirada ya no podía permanecer en un punto, ya no podía hablar, se movía con torpeza, sin embargo podría percibir todo lo que pasaba a su alrededor.
Ella se le acercó lentamente, tomó su cabeza y lo obligó a mirarla a los ojos fijamente, tenía una mirada tan llena de odio y rencor, una mirada tan lastimada, una mirada tan fuerte.
De un momento a otro, tomó su cabeza y con todas sus fuerzas la azotó contra la mesa de madera, logrando que un poco de sangre comenzara a brotar, cayendo por su ceja, su ojo entrecerrado, su mejilla y su cuello. Tomó un cuchillo de cocina y comenzó a pasarlo con fuerza por su abdomen, brazos y piernas, formando unas cortadas perfectamente derechas a lo largo de su cuerpo. 
Él se quejaba en el piso blanco de mármol, gemía y gritaba, pero su torpe cuerpo no le permitía moverse; se estaba convirtiendo en un prisionero de su propio cuerpo que no cooperaba. El olor de la sangre comenzaba a marearlo, sus brazos se entumecieron, sintió la boca seca y se llenaba de escalofríos.


Ella corrió por un serrucho y lentamente cortó el dedo pulgar de la mano derecha de aquel hombre al que odiaba tanto; descubrió que se sentía muy bien verlo sufrir, observar su mirada asustada y sus gestos de dolor. Era increíble cómo de un momento a otro se había vuelto tan vulnerable. Cortó su dedo índice, después el de la otra mano, después el dedo medio, y así sucesivamente hasta que se dio cuenta de que le había cortado todos los dedos tanto de las manos como de los pies. Pero se sentía tan bien.
En el proceso de mutilar los dedos de su enemigo, se cortó accidentalmente el antebrazo, brotó un poco de sangre, pero esa escena en particular le pareció especialmente agradable; hasta era casi ridículo ver sus tres gotas de sangre recorrer su brazo, contra la gran cantidad que se escurría sobre el cuerpo de aquel hombre. Le gustaba sentir ese minúsculo y efímero dolor.


En la mesa había un ramo de rosas, tomó una de ellas y comenzó a acariciar las heridas de su enemigo con el tallo espinoso de la rosa; al principio fue tan sutil, casi en un movimiento romántico, pero poco a poco enterraba más y más el tallo que se pintaba de un color rojo intenso. Todo era tan cautivador.
De la nada, ella comenzó a reír frenéticamente, el aire se le acababa, pero ella seguía riendo; entonces tomó el tallo de la rosa y lo enterró sobre el ojo abierto de ese hombre, ese hombre que por fin recibía su merecido. Él gritaba con todas sus fuerzas, pero ni así se lograba mover con facilidad; brotaban lágrimas de uno de sus ojos, y del otro, sólo sangre desparramándose.
Después, la mujer prendió un cigarrillo y tras fumar un par de veces de él, lo pasó por sus párpados heridos, su nariz y sus orejas, dejando varias marcas en su piel.


A pesar de lo divertido que había sido todo al principio, comenzaba a volverse tedioso, ella ya quería verlo apagarse, ya quería hacerlo desaparecer.
Tomó otra rosa y por el tallo la metió en su boca; las espinas chocaban con su garganta, el tallo no se doblaba con facilidad, él se atragantaba. 
Se formaba una imagen bastante romántica con aquel cuerpo lleno de sangre, tratando de luchar, sufriendo, con pétalos de rosa saliendo de su boca.
Concentró todas sus fuerzas y comenzó a ahorcarlo, empezaba a salir sangre de su boca debido a las espinas de la rosa, él trataba de toser, pero sólo lograba salpicar su sangre sobre la cara de aquella mujer a la que alguna vez dejó hecha polvo. Su cara se ponía azul, más azul, morada, más morada; sus ojos lloraban.


La tormenta se fortaleció y el reloj seguía caminando; ya había oscurecido.
22 Minutos. Exactamente veintidós minutos con diecisiete segundos pasó esa mujer ahorcándolo; cuando quitó las manos de su cuello, notó que estaban llenas de sangre y sintió un ligero dolor que se desvaneció al notar que había dejado sus uñas marcadas y líneas moradas en el cuello de ese hombre.
Suspirando y esbozando una sonrisa macabra, encendió un cigarrillo y comenzó a fumar con tranquilidad, relajada, como si acabara de tomar un baño caliente y no tuviera ninguna preocupación. Cerró los ojos y recordó los jardines de Austria, y las cabras holandesas. 
Fumó, suspiró, y volvió a sonreír.